En la enorme fábrica desierta, se enfrentan dos cuerpos excepcionales: Gaël Coceva, un francés moreno, cortado como un atleta, de músculos delgados y mirada ardiente. Ni una palabra. No hay palabras, sólo respiraciones aceleradas. Gaël aprieta a Daniel contra una viga de acero, lo besa y le da la vuelta. Primero le penetra con la polla, despacio, profundamente, luego cada vez más fuerte, cada embestida resonando en el hangar vacío. Daniel gime, arquea la espalda, la recibe, pide más. Gaël sale, coge un consolador monstruoso y continúa la educación: dilatación lenta, embestidas precisas... Un duelo sensual y magnífico, donde el hormigón se convierte en cama y la fábrica en catedral del placer.